Pablo NavarroVIEW PROFILE →
Los ciberdelincuentes también hacen su agosto: por qué las vacaciones son la temporada alta del hackeo
Mientras España se va de vacaciones, los atacantes aprovechan las oficinas vacías y los equipos de seguridad reducidos. Menos ojos vigilando significa incidentes que tardan más en detectarse, con el phishing como puerta de entrada favorita y las pymes en el punto de mira.
Cuando llega agosto y buena parte del país cierra la persiana para irse de vacaciones, no todo el mundo desconecta. Mientras las oficinas se vacían y las plantillas se reducen al mínimo, los ciberdelincuentes encuentran precisamente en ese momento una peligrosa ventana de oportunidad para los atacantes, convirtiendo el descanso estival en su temporada más rentable.
La trampa de las estadísticas veraniegas
A primera vista, los datos podrían parecer una buena noticia, ya que las notificaciones de brechas de seguridad llegaron a descender cerca de un 40 por ciento durante el mes de agosto respecto al mes anterior. Sin embargo, esta aparente calma esconde una realidad mucho más inquietante que conviene entender con cuidado.
Esa caída en las notificaciones no significa, ni mucho menos, que se produzcan menos ataques durante el verano. La explicación es otra: con los equipos de tecnología y ciberseguridad bajo mínimos por las vacaciones, muchas empresas simplemente tardan mucho más en detectar que han sido víctimas de un incidente, retrasando también su comunicación.

Y aquí reside precisamente el gran peligro del periodo estival. Un ataque que pasa desapercibido durante días o semanas da a los delincuentes un tiempo precioso para moverse por los sistemas, robar información sensible o preparar el terreno para un golpe mayor, todo ello sin que nadie esté vigilando activamente la red.
El phishing, la llave maestra
Cuando se analiza cómo consiguen entrar los atacantes, un método destaca por encima de todos los demás. El phishing, esos correos y mensajes fraudulentos que suplantan a entidades de confianza, se ha consolidado como el vector de entrada más frecuentemente utilizado, con decenas de miles de casos registrados que lo sitúan a la cabeza.
Junto a él, sus variantes se han vuelto igual de temibles y suponen una porción enorme de las amenazas. Los intentos de phishing, vishing mediante llamadas de voz o smishing a través de mensajes de texto llegan a representar en torno al 28 por ciento de todas las consultas de seguridad, demostrando que el engaño sigue siendo el arma preferida.
La razón de su éxito es sencilla y a la vez descorazonadora: estos ataques no explotan un fallo técnico, sino la confianza y el descuido de las personas. Un empleado relajado en modo vacaciones, revisando el correo desde el móvil en la playa, es un objetivo mucho más fácil que uno concentrado en su puesto de trabajo.
Las pymes, el objetivo predilecto
Existe además un mito muy extendido según el cual solo las grandes corporaciones son objetivo de los ciberataques. La realidad, sin embargo, contradice de plano esa creencia, ya que las pequeñas y medianas empresas son atacadas hasta cuatro veces con más frecuencia que las grandes organizaciones.
El motivo es puramente pragmático desde el punto de vista del atacante. Las pymes suelen disponer de menos recursos, presupuestos más ajustados y defensas más débiles que las multinacionales, lo que las convierte en presas más accesibles y rentables, especialmente cuando bajan la guardia durante el periodo estival.
Una factura que no para de crecer
Las consecuencias de caer en una de estas trampas están muy lejos de ser triviales, sobre todo cuando el ataque desemboca en un secuestro de datos. El coste medio de un incidente de ransomware en España ya supera el millón y medio de euros, una cifra capaz de poner contra las cuerdas a cualquier negocio, y especialmente a los más pequeños.
A este panorama se suma un incremento notable tanto en la frecuencia como en la intensidad de los ataques de ransomware a lo largo de 2026, confirmando que la amenaza no solo persiste, sino que se agrava. La combinación de más ataques y facturas más altas dibuja un escenario que exige tomarse la seguridad muy en serio.
La conclusión para empresas y particulares es clara: la ciberseguridad no se va de vacaciones. Mantener la vigilancia, formar a los empleados para reconocer los engaños y no bajar la guardia frente a un correo sospechoso, aunque sea agosto, es la mejor forma de evitar que los delincuentes sean los únicos que hagan su agosto este verano.






